viernes, julio 19

¿Cómo será el dinero digital?

Un café, con el teléfono móvil; un libro, con la tarjeta de crédito; la barra de pan, con unas pocas monedas sueltas; y el alquiler, con una transferencia. Pocos útiles son tan ubicuos en el día a día de las sociedades modernas como el dinero, y ninguno adopta formas tan diversas sin dejar de ser siempre lo mismo. La revolución digital, sin embargo, le ha colocado en el umbral de una transformación que puede modificar su naturaleza y el sistema monetario y financiero global: donde ahora reinan las monedas soberanas a través del monopolio de los estados, en el futuro se atisba una multiplicidad de monedas digitales, tanto públicas como privadas, más accesibles y seguras, pero también menos anónimas.

Es un cambio de contornos borrosos, aún sujeto a numerosas incertidumbres, pero con profundas consecuencias sociales, puesto que la capacidad de emitir moneda está vinculada al poder económico y, en última instancia, a la autoridad política. Y desde el abandono definitivo del patrón oro, en 1971, el dinero ya no es la representación de una mercancía o activo, sino que es una cuestión de confianza.

Siempre lo fue, en realidad. Cuando se acuñaron las primeras monedas, en la Antigüedad, y cuando los comerciantes chinos empezaron a usar papel moneda, allá por el siglo VII, respaldado con reservas de mercancías o metales preciosos. El público se fiaba y aceptaba esos billetes porque alguien que les merecía crédito respondía de su valor. Ya en el siglo XIII, el fundador de la dinastía Yuan, Kublai Khan, impuso ese valor por decreto, sin ningún respaldo más que la amenaza de pena de muerte si no se aceptaba.

Nacía así el dinero fiduciario, que hoy conforma los sistemas monetarios modernos: el dinero no tiene más respaldo que la autoridad de quien lo emite. Como ya ocurría cuando los billetes se cambiaban por oro, quienes crean dinero son los bancos comerciales, a través de la intermediación financiera -cuando toman el dinero de un cliente y lo prestan a otro, lo que incrementa la cantidad en circulación-, pero quienes lo respaldan son los estados -un grupo de estados, en el caso del euro-, a través de los bancos centrales.

Los ciudadanos aceptan un billete en dólares o una transferencia en euros porque se fían de que mantendrá un valor similar con el tiempo. Y los bancos centrales se comprometen a actuar para que ese valor, que representa la riqueza aparente del país, sea estable. Por eso, su principal labor, la base de su credibilidad, es luchar contra la inflación que desgasta su moneda. Y precisamente por eso, por su falta de estabilidad, las nuevas criptomonedas no sirven como dinero, al menos por ahora.

La irrupción de las criptomonedas

«Yo soy escéptico sobre considerarlas dinero, en ningún momento han fungido como dinero. No cumplen las funciones y la volatilidad siempre ha estado ahí», resume Miguel Otero, investigador del Real Instituo Elcano y especialista en sistemas monetarios, quien aboga por utilizar el término criptoactivos en lugar de criptomonedas: «Son un activo, una mercancía», insiste.

Aunque existen experiencias previas de dinero privado -como el que emitían los comerciantes chinos hace 1.400 años o los bancos estadounidenses a mediados del siglo XIX- y de competencia entre monedas, las cripto son el primer intento relevante de romper el monopolio monetario desde que el afianzamiento de los estados nación convirtió a los bancos centrales en emisores exclusivos. Su auge, en este sentido, coincide con una época en la que la confianza en los gobiernos y los bancos se vio muy erosionada.

El manifiesto fundacional del bitcoin -el célebre Libro Blanco del aún desconocido Satoshi Nakamoto- es de 2009, en plena crisis financiera. Desde entonces se ha convertido en la más representativa y valiosa de las criptomonedas surgidas a partir de la tecnología blockchain, un sistema de registro de datos encriptados que permite la validación de transacciones de forma completamente anónima y segura. Y totalmente al margen de cualquier autoridad política, lo que les confiere un aura libertaria muy apreciada por sus seguidores.

Sin embargo, se trata de sistemas complejos para el gran público, tal como recalca Gregory Claeys, especialista en política monetaria del Instituto Bruegel: «Ya usamos dinero digital cuando utilizamos la tarjeta de crédito, no veo cómo estas nuevas criptomonedas pueden hacer más fácil que gastemos el dinero. Es más difícil usar bitcoin que hacer una transferencia, no lo veo en el uso diario. Y su precio es muy volátil, [cambia] de un minuto a otro».

El bitcoin llegó a cotizar en noviembre del año pasado por encima de los 67.000 dólares, pero ahora ha perdido más de la mitad de ese valor, hasta costar poco más de 30.000 dólares. Y la misma tendencia a la baja se observa, en general, en el resto de criptomonedas -más de 10.000 en total, según las cotizaciones recogidas en el portal especializado CoinMarketCap-: en conjunto, el mercado valía a finales de 2021 más de tres billones de dólares, pero ahora ronda los 1,2 billones.

Problemas y alternativas: las stablecoins

Todas las criptomonedas presentan aún problemas que dificultan su adopción como monedas de uso común. Desde su elevado consumo energético -el proceso de validación del bitcoin, el minado, consume más electricidad que países como Dinamarca o Chile-, al reducido ratio de transacciones por segundo que impide escalar su uso a un ámbito masivo o la desprotección de sus tenedores, puesto que, por su propia naturaleza, escapan a cualquier regulación. También suscitan dudas como vía para que las actividades ilegales intenten esquivar el escrutinio de las fuerzas de seguridad o del fisco.

Pero ningún problema es tan relevante como esa volatilidad que nace de su falta de credibilidad. Así lo demuestra el experimento de El Salvador, que en septiembre de 2021, cuando la cotización del bitcoin subía sin límite aparente, se convirtió en el primer país que adoptó una criptomoneda como moneda de curso legal. Su presidente, Nayib Bukele, vio una vía para esquivar las dificultades de financiación e invirtió parte de las reservas nacionales -no ha precisado cuánto- en bitcoin, pero hoy el país está al borde del impago de su deuda.

Los salvadoreños, de hecho, nunca han parecido muy convencidos de abandonar el dólar -la economía salvadoreña está dolarizada desde 2001- por el bitcoin: según un estudio publicado por el National Bureau of Economic Research, una organización estadounidense de investigación económica, apenas un 20% de ellos han seguido usando bitcoins una vez gastados los 30 dólares que incluía la cartera digital proporcionada por el Gobierno.

En los últimos años, para intentar evitar los problemas de volatilidad, han surgido las denominadas stablecoins -literalmente, monedas estables-, criptomonedas que están vinculadas al valor de otra moneda o activo. Las más representativas son Tether y USDcoin, ancladas al dólar, pero hay otras que se anclan al valor de activos como el oro, y un tercer tipo que usa algoritmos para crear y destruir moneda de forma que siempre mantenga la paridad con otro valor.

De este último tipo son terraUSD y luna, dos criptomonedas en paridad con el dólar que a mediados de mayo perdieron casi todo su valor por una crisis de confianza: en pocos días se esfumaron unos 16.000 millones de dólares. Por alguna razón, los inversores dejaron de creer y huyeron a toda prisa, sin que sirvieran de nada los intentos del creador, el surcoreano Du Kwon, por mantener la paridad recurriendo a sus propias reservas de bitcoin. «Ni siquiera las monedas estables son verdaderamente estables», subraya Gregory Claeys, que cree que aún requieren de un mayor desarrollo tecnológico.

El dinero soberano virtual

Así lo entendió, al menos por ahora, Mark Zuckerbeg, que en enero dio carpetazo al proyecto de stablecoin que Facebook había impulsado desde 2019: una moneda privada, digital y global llamada libra -luego fue rebautizada como diem- que se vincularía con una cesta de divisas internacionales. Y con una enorme baza a su favor, los alrededor de 2.500 millones de usuarios de su plataforma, unidos a los más de 2.000 de WhatsApp o los más de 1.000 de Instagram.

Esa masa crítica supuso un aldabonazo para los principales bancos centrales, porque si miles de millones de personas confiasen más en una empresa tecnológica que en los estados, el sistema monetario cambiaría por completo. «Es un caso hipotético y yo lo veo poco probable, pero es posible que los usuarios de Facebook, Google o Apple decidan que se fían más de ellos que de la autoridad política», sugiere Miguel Otero, que opina que fue en ese momento cuando «los banqueros y los políticos se asustaron».

Gregory Claeys coincide en que la presentación de libra fue un momento decisivo: «Facebook tiene una gran red de usuarios, algo que las criptomonedas no tienen. La Fed y el BCE temieron que la gente se viera atraída por ese ecosistema tan grande, y por eso han acelerado sus estudios de monedas digitales. Pero están siendo más reactivos que otra cosa».

En estos momentos, cerca de un centenar de países tienen algún proyecto de moneda soberana en marcha, según el recuento que hace el Atlantic Council. La mayoría están en la fase de investigación, pero ya hay muchas en desarrollo, como el propio euro digital, y una quincena de experiencias piloto, incluida una de China. E incluso Bahamas y Nigeria, además de siete países caribeños, han lanzado ya sus divisas digitales.

El Banco Central Europeo inició en junio del año pasado su proyecto de desarrollo para el euro digital, con una fase de investigación que durará dos años, hasta 2023. Y está previsto que la nueva moneda virtual se lance dentro de entre cinco y siete años, aunque aún no se han definido sus principales características, ni siquiera en qué tipo de tecnología se desarrollará. La cautela es máxima, porque las consecuencias de las monedas digitales soberanas pueden ser muy profundas.

Un nuevo sistema monetario

La más evidente es que, si quien crea el dinero es el banco central y no los bancos comerciales, el público siempre preferirá utilizar la moneda soberana digital a la que ofrezcan los bancos comerciales, porque, por definición, los bancos centrales -los estados- no pueden quebrar. «La mayoría de la gente no apreciará un gran cambio, pero el dinero será un poco más seguro: no será dinero del banco, sino del banco central. Y eso es un riesgo para los bancos», indica Gregory Claeys.

El especialista del Instituto Bruegel desliza que los bancos comerciales pueden verse forzados a ofrecer un interés para que la gente utilice sus monedas. Y el banco central asumiría las funciones de los bancos: los ciudadanos tendrían cuentas contra la autoridad monetaria y le pedirían préstamos. Miguel Otero duda de que los bancos centrales quieran asumir esa función: «La visión del BCE no es la de una relación directa con ahorradores y acreedores. Eso lo seguirán haciendo los bancos comerciales, pero sus funciones cambiarán; proveerán servicios como las aplicaciones wallet [monedero] en las que estará el dinero».

El BCE, de hecho, está estudiando si pone un límite a la cantidad que cada ciudadano podrá tener en euros digitales, entre 3.000 y 4.500 euros. Porque, si el público prefiere tener moneda soberana y no cuentas en bancos comerciales, el dinero disponible para ofrecer préstamos puede sufrir un drástico descenso. Un vuelco en toda regla del sistema financiero que acabaría por afectar a la economía real, aunque el investigador del Real Instituto Elcano cree que la solución definitiva vendrá de la colaboración entre poder público y empresas privadas.

A esos cambios en la intermediación financiera se unen otros interrogantes, como la capacidad que tendrán los bancos centrales en ese nuevo sistema para controlar la oferta monetaria, es decir, la inflación. O cómo se limitaría el enorme poder de un banco central que, a través de su moneda digital, tendrá registros de todo lo que los ciudadanos hacen con su dinero. Por ese resquicio, la resistencia a perder toda privacidad en los intercambios, es por lo que los expertos creen que el efectivo seguirá desempeñando un papel relevante en el futuro.

«El dinero en metálico ha sido la clave de la anonimidad y del contacto físico entre el ciudadano y el soberano. ¿Cómo se van a mantener esos dos elementos con la moneda digital?», se pregunta Miguel Otero, que apunta la necesidad de vínculos identitarios o afectivos con la moneda. Gregory Claeys también cree que, aunque el dinero será «cada vez más y más digital», quedará espacio para el efectivo por el anhelo de privacidad. Un nicho que, a su vez, podrían aprovechar las nuevas monedas privadas, ofreciendo esa privacidad. La clave, en esa diversidad de opciones, será la confianza que los ciudadanos, encarnados en consumidores, inversores, ahorradores o acreedores, depositen en cada moneda.

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