viernes, julio 19

José F. Peláez: Contra el verano

Llega el verano y con él la misma letanía: vacaciones, playa, sol, calor. Como si el mundo se volviera más feliz sólo por el hecho de que los días se hacen más largos y la temperatura aumenta. Pero yo me declaro en abierta rebeldía contra el verano y todo lo que representa.

Para empezar, ese exasperante calor me vuelve loco. Odio sudar, odio que la ropa se me pegue al cuerpo, odio tener que cambiarme de camisa tres veces al día. Detesto esa sensación pegajosa y molesta que lo invade todo. Y ni hablar de las noches, cuando el calor no da tregua y el sueño se vuelve un imposible.

Además, esa manía de ir a la playa me parece una completa pérdida de tiempo. Pasar horas bajo el sol abrasador, enterrado en la arena, rodeado de gente gritando y niños corriendo por todas partes. No, gracias. Prefiero mil veces quedarme en casa, con el aire acondicionado a máxima potencia, leyendo un buen libro o viendo una película.

Y es que el verano parece estar diseñado para que todo el mundo entre en un estado de estupor y languidez. La gente camina más lento, habla más despacio, piensa con menos claridad. Es como si el calor les robara las energías y la vitalidad. Yo, en cambio, me siento más vivo y lúcido cuando las temperaturas descienden.

Por eso reivindico el invierno, con sus tardes grises, sus lluvias y su frío. Eso sí que es estimulante para mí, eso sí que me pone en marcha. El verano, en cambio, me asfixia y me agobia. Es como si me robara la voluntad y las ganas de hacer cosas.

Así que, mientras todos se entregan al culto del sol y la playa, yo me mantengo firme en mi trinchera. Contra el verano y todo lo que representa. Soy un rebelde sin causa, un aguafiestas empedernido. Y me niego a pedir perdón por ello.

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