viernes, julio 19

Stéphanie Magnin, actriz de ‘La Moderna’: “En Lavapiés experimenté el sentido de comunidad, eso me gusta”>

Stéphanie Magnin mezcla sangres, como buena malagueña. De niña nacida en la Clínica Gálvez, de la mano de un tal Doctor Gálvez, a cuatro pasos de donde una vez llegaba el mar. Esta mezcla de sangre le da un apellido exótico, pero también una versatilidad que es el resultado del trabajo duro y algo mágico que va en los últimos flujos de la sangre.

Convince a los críticos más cinéfilos, a los cinéfilos más críticos, con una interpretación de May, ese bajista de Los Planetas al que perdimos la pista en la película Segundo Premio, la visión de Isaki Lacuesta del grupo guadianesco y triunfante granadino. Este papel, tan lírico, tan delicado, la consolida, mientras se escriben/imprimen estas cartas, en un Olimpo difícil de alcanzar con su juventud. Un Olimpo que, si lo alcanzas, será por los siglos de los siglos.

Stéphanie tiene la fuerza de la genética mediterránea, desde Sofía Loren hasta Núria Espert, pero en su caso hay una timidez que silencia a uno de los rostros más reconocibles de La Moderna, la serie de TVE sobre una supuesta cafetería en la Puerta del Sol.

Lamazares es el prototipo de adaptación a la ciudad. Habla de toros, sí, pero sin perder el gallego en sus respuestas. Su laconismo es el resultado de su terquedad en el trabajo. Sin embargo, cuando se apaga el foco, hay un telón de fondo vital, Madrid, por lo que uno hurga en su memoria. No está en la capital desde hace muchos años, un año y medio, pero ha encontrado en las cafeterías que rodean los cines Golem, donde las estrellas dejadas por la mano de Dios en la acera, un lugar de reposo en el medio de la ciudad.

El tiempo, en su caso, no es obstáculo para evitar los lugares donde Madrid exhibe cultura: recuerda, como casi todos los extranjeros, llegar a la ciudad durante los calurosos veranos y refrescarse en la oscuridad de los museos. El laconismo antes mencionado no puede ser oculto, un personaje que no deja que la fama ni los elogios, especialmente en esta ciudad de dobles puñales, modifiquen ni un poco su trabajo. Es capaz de asociar un barrio a un actor: está Malasaña de Óscar Jaenada o La Latina de los ojos glaucos de Jordi Mollá.

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