viernes, julio 12

El extravagante doctor Charcot y sus peculiares maneras de diagnosticar la histeria | El hacha de piedra | Ciencia

En su primer volumen de Historia de la sexualidad (Siglo XXI), el filósofo francés Michel Foucault nos cuenta cómo la afición al placer carnal es examinada de manera científica desde la medicina, ya sea desde la psicología, la psiquiatría o desde la urología. Porque será a partir del siglo XIX cuando el sexo se articule con el discurso de la ciencia.

En uno de sus pasajes, Foucault nos habla de Jean-Martin Charcot (1825-1893), el renombrado neurólogo francés que, en 1862, fue nombrado director de La Salpêtrière, el hospital ubicado en el extremo sureste de París, famoso por confinar mujeres de las mal llamadas problemáticas. Fue aquí, en este recinto, “gran asilo de la miseria humana” como lo denominaba el mismo Charcot, donde puso en marcha sus experimentos para el estudio de lo que vino a llamar la gran enfermedad del siglo, es decir, la histeria.

En una de sus notas a pie de página, Foucault nos habla de los documentos inéditos de las lecciones de Charcot donde se narra que el 25 de noviembre de 1877 tuvo lugar una sesión donde una paciente presentaba una contracción histérica que Charcot suspendió colocando un bastón sobre los ovarios. Cuando se retira el bastón la crisis brota de nuevo y Charcot la acelera dando a inhalar nitrito de amilo a la paciente. Es entonces cuando la paciente pide de nuevo “el bastón”.

Hay un famoso cuadro de Pierre Andre Brouillet (1857-1914), titulado Una lección clínica de Docter Charcot en La Salpêtrière, donde podemos ver al doctor en una de sus clases, rodeado de alumnos y explicando el ataque de histeria de Blanche Wittman. La citada paciente se quedó sorda y muda a los dos años de edad. Aunque recuperó el habla y el oído años más tarde, sufrió ataques y convulsiones nerviosas progresivas. Su mal se convirtió en espectáculo. Llegó a los 18 años a La Salpêtrièrey, donde fue internada de inmediato. Al ser recluida se cortó la comunicación orgánica con el cuerpo social, por decirlo a la manera de Foucault y, muy pronto, se convirtió en la “histérica” favorita de Charcot.

El cuadro de Brouillet rezuma sexismo por allí por donde se mire y es fiel a una realidad que existió en aquellos tiempos de los que habla Foucault en su primer volumen de Historia de la sexualidad, cuando la represión sexual se manifestaba como un secreto obligado a esconderse para permitir a la ciencia descubrirlo. Charcot se convirtió en todo un showman, sus puestas en escena seducían a las gentes que acudían en masa para presenciar las demostraciones. Lo inaudito, lo que más llamaba la atención, es que las pacientes competían entre ellas por ver quién eclipsaba a todas las demás.

De esta manera, las contorsiones y espasmos se exageraban hasta el límite, dando lugar a una actuación teatral más que a una clase de medicina. Estaba en marcha la sociedad espectacular de la que cien años después hablaría Guy Debord, la sociedad arraigada en la economía donde las relaciones están falsificadas y la simulación contamina la vida cotidiana. Lo que sucede es que, para Foucault, a diferencia de Debord, nuestra sociedad no es del espectáculo, sino de “la vigilancia”.

Por ello, en su trabajo histórico acerca de la sexualidad subyacen las relaciones de poder y, con ello, las relaciones de orden y defensa que vigilan la naturaleza del deseo. Historia de la sexualidad de Foucault es lectura imprescindible.

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